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REPORTAJE

Las tres casas del arquitecto Fernando Higueras en Torrelodones
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Las tres casas del arquitecto Fernando Higueras en Torrelodones

lunes 10 de diciembre de 2018, 14:16h
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De Fernando Higueras dicen que ha sido uno de los arquitectos más influyentes de la modernidad española. Cercano al organicismo del que fue precursor Frank Lloyd Wright y, según los expertos, precursor del informalismo en la arquitectura, fue un creador -también pintor y virtuoso de la guitarra española- muy personal, admirado y también polémico, que dejó su huella en construcciones singulares, desde grandes edificios institucionales hasta pequeñas viviendas particulares. En 2018 se han cumplido diez años desde su fallecimiento y ha sido la ocasión para reivindicar su obra y homenajearle. Estos actos han servido para conocer más y mejor las tres viviendas que el arquitecto construyó en Torrelodones, edificios emblemáticos que forman parte ya de la historia de la arquitectura.

“Fernando Higueras irrumpió en el mundo de la arquitectura, en el mundo del arte, con una fuerza y un poderío muy poco frecuentes. Le he tenido un cariño enorme. Era una persona singular, extraordinaria”. Así presentaba el famoso pintor Antonio López a Fernando Higueras en una mesa redonda que tuvo lugar el pasado mes de octubre en la Casa de Lucio Muñoz, una de las tres obras que el arquitecto dejó en el paisaje de Torrelodones. En ese encuentro, Antonio López, que se reconocía “impresionado” de volver a la casa, que no visitaba desde que fue vendida en 1973, aseguró de Higueras que “era un gran imprudente”, “inagotable”, “impetuoso y magnífico” y con grandes dotes para hacer su trabajo. Una personalidad “con mucha fuerza y poder”.

“Es un verso suelto”, afirma Antonio Iraizoz, arquitecto de Torrelodones que ha estudiado el trabajo de Higueras en el municipio. “Su obra choca con su época, que era demasiado academicista, estaba de moda el estilo racionalista internacional, contra el que él luchó y criticó, defendiendo su postura de artista libre y de difícil catalogación”.

“Su obra es muy libre, es la obra de un artista muy puro. Es muy personal, se aleja de todos los convencionalismos”, explica, destacando intervenciones “muy singulares”, como la famosa Corona de Espinas de Ciudad Universitaria, sede del Centro de Restauraciones, “un edificio muy innovador tanto por su forma radial como por su tratamiento del hormigón armado y de la luz”.

Higueras tocó muchos “palos” en su trabajo, desde la obra social, con la construcción de la UVA de Hortaleza, “que hoy se quiere destruir, pero que en su día resultó un edificio de vivienda social muy innovador y muy bien construido con los pocos fondos que tenían”, edificios institucionales como el Ayuntamiento de Ciudad Real, edificios administrativos… sin olvidar sus proyectos presentados para innumerables concursos de arquitectura, incluido su proyecto para la remodelación de la Bahía de Montecarlo, concurso que no ganó porque aunque había proyectado “un edificio prodigioso, de una belleza espectacular” no se podía ejecutar “porque invadía el mar”. Uno de sus últimos proyectos fue la Iglesia de Santa María de Caná, en Pozuelo.

En Torrelodones, Fernando Higueras proyectó tres viviendas particulares con el mismo denominador común: su integración absoluta en el paisaje. “No quieren ser vistas, es difícil localizarlas hasta en las fotos aéreas, están camufladas”. La primera se proyectó en 1962 para Lucio Muñoz, y es paradigmática por muchas razones.

La Casa de Lucio Muñoz

De las tres viviendas unifamiliares que el arquitecto construyó en Torrelodones la primera, de 1962, fue la que proyectó para el pintor abstracto Lucio Muñoz, entonces casado con la pintora figurativa Amalia Avia. A Higueras le encargaron los pintores una casa de cuatro habitaciones, garaje y dos estudios “en un terreno que teníamos cerca de Torrelodones, un terreno precioso, lleno de jara y tomillo”, rememoraría años después Amalia Avia en sus memorias.

La vivienda está tan integrada en el paisaje, tan asentada en la ladera, que cuando se entra en la parcela se hace por la parte alta, y hay que ir descendiendo para descubrir, entre el paisaje, sus volúmenes, sus terrazas con voladizos, los techos de tejas árabes, sus características vigas de hormigón y sus muros de mampostería granítica. Los vecinos, contaba Amalia Avia, la llamaban “la casa a la que se entra por el tejado”, cosa que no le hacía mucha gracia. Las vistas desde sus terrazas, con el embalse de Peñascales y Madrid al fondo, son espectaculares.

En una conferencia impartida por el propio Fernando Higueras en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo en 1976 sobre la Casa Lucio Muñoz el arquitecto ensalzaba la parcela donde se encuentra la edificación, de la que destacaba especialmente los enebros y la “textura”. Para el arquitecto “el poner una casita blanca en un terreno así me parecía como tirar un papel en un campo, que es una porquería, aparte de que si no hay la tradición de pintar todas las semanas, se ensucia”. Así que, relataba, convenció a Lucio Muñoz de hacer la casa de piedra, además aprovechando así unas piedras que ya había cortadas “en un corralón que existía allí” desde tiempo inmemorial.

“Fue la primera vez que yo hice una casa de piedra”, relataba Higueras, quien iba contando cómo primero convenció al pintor de hacer solo la parte baja y al ver cómo se producía “una entonación impresionante” de color entre “la piedra con líquen gris y las vigas grises”, convenció al pintor Lucio Muñoz de continuar con los mismos materiales “en la planta noble”, así como “los frontones de los tejados”.

“Tuvimos mucho cuidado de dejar exactamente la vegetación que había”, explicaba. “No se tocó absolutamente nada, para buscar una integración completa al terreno”. Como curiosidad, en esa misma conferencia contó Higueras que el terreno en el que se asienta la Casa de Lucio Muñoz “costaba 28 pesetas el metro cuadrado porque estaba muy inclinado y en cambio, en un llano que había al lado le costaba 93”.

La construcción no fue tan idílica, si se atiende a otras versiones. Antonio Iraizoz relata que a pesar de que se había fijado un precio inicial para la construcción -800.000 pesetas- “y debido a la forma de ser de Higueras” el precio se fue disparando y al final tuvo que pagar una parte de su propio bolsillo. “Se enemistaron y estuvieron sin hablarse una buena temporada”, relata.

La versión que da Amalia Avia en sus memorias, en un capítulo apropiadamente titulado ‘La Casa de Torrelodones’, es también muy interesante. Relata la “desesperantemente lenta” construcción de una vivienda en la que Higueras no solo ejerció de arquitecto sino también de maestro de obras, eligiendo prácticamente las piedras “de una en una” y haciendo y deshaciendo hasta que en un momento dado “la bomba” estalló: a pesar de los mensajes tranquilizadores del arquitecto, el constructor confesó que la construcción sobrepasaba en muchísimo el presupuesto.

“El disgusto fue espantoso”, relataba Amalia Avia, “no queríamos aquella casa, que se la llevaran y nos devolvieran nuestro terreno, que tanto nos gustaba”. A pesar de todos estos disgustos, la pintora también reconoce que durante los años que la tuvieron pasaron allí “unos felices y largos veranos de cuatro meses”, además de los fines de semana.

“Esta casa (…) rebasó en éxito y fama todas las previsiones que su autor y los que creíamos en él podíamos esperar. Obtuvo el Premio Nacional de Arquitectura y fue fotografiada en todos los periódicos”. El remate fueron las visitas continuas de curiosos y autocares de estudiantes de arquitectura con sus profesores dando clases de arquitectura contemporánea sobre el terreno. Todo aquello fue acumulando pesares para los propietarios y acabaron vendiéndola.

Pero este no es ni mucho menos el final de la historia de este singular inmueble. La casa fue comprada por el multimillonario José Gárate, que en 1973 pidió a Fernando Higueras que ampliara la construcción a más del cien por cien del edificio original. “La ampliación fue impecable, porque con lo difícil que era el programa de lo que el nuevo propietario pidió, consiguió que no perdiera la esencia del proyecto original, constructivamente no se nota, sigue siendo la misma casa pero con mucha más superficie. Eso tiene mucho mérito”, explica Antonio Iraizoz.

Los planos de esa ampliación no se habían publicado nunca, ha sido Rosana Valencia, la actual propietaria, quien se ha encargado de recuperar y divulgar tanto el contenido de esta parte de la historia de la Casa de Lucio Muñoz como de reivindicar su legado con visitas guiadas, talleres y otras actividades culturales. Entre otras cosas, organizó esa mesa redonda, incluida dentro de la programación del Ciclo Maestros Modernos del COAM, en la que el pintor Antonio López García, íntimo amigo de Higueras y de Lucio Muñoz; el arquitecto Oscar Tusquets; Diego Muñoz Avia, hijo de Lucio Muñoz; y Álvaro Martínez-Novillo, actual presidente de la Fundación Higueras, hablaron del proceso de construcción del inmueble y ofrecieron innumerables anécdotas del carácter tanto del arquitecto como de los antiguos moradores de la vivienda, que por ser ha sido hasta escenario cinematográfico de una película, ‘Del amor y otras soledades’ de Basilio Martín Patino.

La Casa de Villaseñor

La segunda vivienda que Fernando Higueras proyectó en Torrelodones se construyó en la misma ladera de la urbanización Arroyo de Trofas, a continuación de la de Lucio Muñoz, y también fue para un pintor, Manuel López-Villaseñor, aunque ambos propietarios no tuvieran en la época más conexión que la de dedicarse al mismo desempeño profesional. La vivienda se construyó entre 1966 y 1967 y fue la residencia del pintor hasta su muerte en 1996. Fue Fernando Higueras quién llevó a estos parajes torresanos a su amigo, un joven pintor que por entonces brillaba en las galerías y en la crítica de los medios y necesitaba “huir del mundanal ruido” e irse a trabajar a algún apartado enclave natural no lejos de Madrid. Higueras vio en ello la perfecta oportunidad de completar lo que había ensayado en la Casa de Lucio Muñoz. En ambas construcciones utiliza un idéntico lenguaje arquitectónico, aunque evolucionado en ciertos sensibles aspectos, por lo que -ma­nifestó el propio Higueras- ambas casas constituían un mismo “conjunto arquitectónico”.

“Las similitudes son evidentes, al estar las dos en una ladera la predominancia sobre el paisaje es evidente, son viviendas que parece que emergen del suelo, con esos voladizos y las grandes vigas de hormigón pretensado”, explica Antonio Iraizoz. “La gran diferencia es que el estudio del pintor es un volumen independiente al de la casa, al que se pasa por una terraza bajo cubierta con unas vistas excepcionales. La casa tiene mejores vistas Norte-Sur, algo que resulta espectacular, porque produce unos claroscuros muy bonitos. Además, todo el perímetro de la casa se puede recorrer por una terraza cubierta”, continúa relatando Antonio Iraizoz. “La influencia extremo-oriental se hace quizá más evidente, la piedra es distinta, traída de alguna enigmática ruina, y constituye una fábrica perfecta”, añade Javier Manzanera, copropietario y actual morador más habitual de la casa.

La finca cuenta además con un estudio/galería ejecutado posteriormente, en 1990, un espacio escondido, enterrado en el terreno, que no pretende competir con el resto de la construcción y en el que lo importante es la luz. Es obra de Eulalia Marqués Garrido -discípula de Higueras a quién éste le cedió el encargo-, y recoge tanto la luz cenital gracias a una serie de claraboyas, como la luz horizontal… que entra por un patio inglés excavado mediante bancales graníticos escalonados. “A este espacio mágico le falta hoy, ante todo, la obra de Villaseñor colgada en esas vacías paredes, aquí no quedó nada toda su obra fue a parar al Museo de Ciudad Real”, explica Javier Manzanera, quien hace años que se desvela por mantener ese legado cultural, investiga y escribe sobre Villaseñor, y acumula la tradición de la casa.

Cuenta, por ejemplo, que “Higueras vino mucho por aquí, y cuando Villaseñor se bajaba a pintar él se quedaba en la terraza con su hermano Emilio, bebiendo Vega-Sicilia y echando los dos sonoras carcajadas”, al tiempo que explica que “Lola Botia, su mujer, me confirma que Higueras llamó siempre a ésta construcción la Casa Bonita de Torrelodones, y que la amaba singularmente.”

Hay otras cosas que recuerdan a Manuel López-Villaseñor en Torrelodones, empezando por la Casa de Cultura, en cuya construcción estuvo presente y que se inauguró en 1988 con una exposición de sus obras en la sala de exposiciones que desde entonces lleva su nombre. También le debemos la configuración actual de la plaza del Caño. Cuando se trasladó allí la actual fuente en 1984 diseñó para ella dos extensiones semicirculares a modo de asiento y también fueron idea suya los cipreses de la plaza. Estos árboles eran de los favoritos del pintor, y por eso puso algunos, así como rosales y membrilleras, hoy desaparecidas, en el jardín autóctono de su casa. En el décimo aniversario de su muerte, en 2006, se instaló además en la plaza un busto, copia de una escultura del pintor realizada por López Arza, en un homenaje conjunto con el Ayuntamiento de Ciudad Real, su ciudad natal.

La Casa Caparrós

Durante mucho tiempo siempre se habló de las dos viviendas de la ladera de Arroyo de Trofas como el único legado de Fernando Higueras en Torrelodones. Pero discreta, hábilmente oculta en el paisaje, había una vivienda unifamiliar más, que a pesar de ser del mismo arquitecto, tiene unas características que la hacen única.

La conocida como Casa Caparrós se construyó en 1968. “Con esta vivienda Higueras experimentó por primera vez en la vivienda unifamiliar la tipología de vivienda radial, circular -su único precedente en esta forma es la Corona de Espinas-”, explica Antonio Iraizoz.

En ella, el arquitecto“ensaya” técnicas constructivas “que luego se repetirán hasta la saciedad”. Es algo común a las tres viviendas, explica. “En ellas nacen los ‘invariantes’ que se repetirán en su arquitectura posterior”. Como las otras dos, esta casa aún en manos de sus propietarios originales está situada al fondo de un valle y muy oculta entre la arboleda. “Quiere, de la misma manera, pasar desapercibida completamente”.

Que Torrelodones cuente con este patrimonio “es una gran responsabilidad para el municipio, de conservación, de protección… estamos hablando de arquitectura contemporánea, que es la más olvidada porque siempre se tiende a entender como patrimonio arquitectónico lo antiguo, lo más histórico”, reflexiona como colofón a este paseo el arquitecto Antonio Iraizoz, quien recuerda que las dos casas de los pintores están catalogadas y cuentan con protección estructural, pero no así la tercera. Un ejemplo de lo que sucede con la obra de otros grandes arquitectos contemporáneos, también diseminada por el paisaje de Torrelodones.

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