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Cuando correr es lo de menos. Entrevista a Carlos Llano
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Cuando correr es lo de menos. Entrevista a Carlos Llano

Por Lucía Oliveras
lunes 30 de noviembre de 2015, 12:51h
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La vida de Carlos Llano cambió de rumbo cuando se rompió la rodilla. Desde 2010 no ha parado de correr: ultradistancias, triatlones, carreras de autosuficiencia... atrapado por “el componente mágico de la aventura”.

Acaba de presentar el libro ‘De oficinista a finisher’, que recoge sus experiencias y cómo se ha volcado en ayudar a los niños de Burkina Faso con su ONG Childhood Smile. En África, dice, aprendió que la felicidad es una disposición de la mente.

Queríamos conocer un poco a este hombre rebelde, hecho a sí mismo, tozudo, paciente y absolutamente humilde.

¿Por qué este libro?

Pensé que no podía desaprovechar tan magnífica oportunidad y me puse a escribir sobre las carreras que he ido realizando en todos los continentes. No quería que fuera un libro de deporte sino que fuera diferente, por ésto se incluyen mis reflexiones personales y las aventuras de los viajes que hice tras las competiciones. No soy escritor, no tengo grandes pretensiones, si entretiene me doy por satisfecho.

¿Qué ha determinado tu “voluntad indomable”?

Tenía 19 años y quería jugar a toda costa al fútbol a pesar de que se me rompió la rodilla. Como mi única salida era fortalecer los cuádriceps, comencé a correr en la cinta del gimnasio del Polideportivo. Ésto me hacía sentir bién y tomé conciencia de que era muy constante, podía lograr lo que antes veía muy improbable. En el lío de las carreras de ultradistancia me metí yo solo. Hice la primera y comprobé que con el esfuerzo diario y esa voluntad indomable de la que hablas sí podía, y poco a poco me fui convenciendo yo solo de que era capaz de hacer más carreras e incluso más complicadas. No he querido ser más que nadie, sino mejor que yo mismo.

Dices que no tienes nada de especial, que cualquiera puede hacer lo que tú haces.

No soy ni más fuerte ni más rápido que nadie, no tengo ninguna cualidad especial. Yo nunca voy a ganar las carreras, solo soy un ‘finisher’, porque las termino. Yo creo que en la vida si no hacemos las cosas es porque nos cansamos antes o no estamos suficientemente motivados. Las carreras que hago tienen un componente que me atrae más que ganar, que es estar en lugares más recónditos y espectaculares del mundo: Sahara, Madagascar, Atacama, China, Hawai.... y vivir a fondo una experiencia repleta de belleza, esfuerzo y compañerismo. Me han llenado mucho personalmente y la satisfacción ha sido tremenda. No me siento ‘ultraman’ o ‘ironman’, estos términos me dan un poco igual.

¿Por qué dices que se disfruta sufriendo en las condiciones extremas e incluso puede ser reconfortante?

He ido interiorizando las experiencias y aceptando los momentos más duros porque sé a lo que voy. He pasado hambre, frío, agotamiento, los pies destrozados... pero siempre me negaba a tirar la toalla. Es duro, hubo momentos en que me preguntaba ¿qué hago aquí?, pero eso no me llevaba a nada, esa zozobra no cambiaba la situación. Son solo pensamientos negativos que se deben gestionar. Ahora no sufro como la primera vez, estoy en mi salsa, solo y en la selva, estoy feliz. Reconozco que nunca lloro de emoción, ni cuando termino la carrera.

África te cambió la vida...

El impacto emocional es muy grande. He convivido con la gente del tercer país más pobre del mundo, Burkina Faso. Alli conocí a Buba, que murió recientemente por no tomar correctamente su medicación del VIH. Cuando vuelves a España, algo te hace click, el contraste es muy grande. Ahora voy en tren y en bici, soy vegetariano, he creado una ONG y trato de ser un consumidor lo más responsable posible. También creo que se dejan de hacer cosas por tener un valor pequeño. No es una razón suficiente. Aunque mi ONG es pequeñita, la puse a funcionar en 2013 aprovechando lo mediático de estas carreras para empezar a buscar fondos. En un año hemos doblado las donaciones.

Cierras el libro diciendo “el mundo es reflejo de nuestros actos y pensamientos”. ¿Qué quieres añadir?

La rutina diaria nos hace pensar que las cosas no se pueden cambiar. En el primer mundo la vida está muy estereotipada y nos dejamos llevar por el día a día. Creo que es bueno que a veces nos cuestionemos, nos liberemos de nuestras creencias y decidamos si es el estilo de vida y el mundo que queremos. El mar está lleno de gotas, y nosotros somos esas gotas con lo que hacemos a diario.

Y, ¿qué es ‘extraordinario’ para tí?

Soy un privilegiado por tener todo lo que tengo, solo hago lo que me gusta. Eso no es nada excepcional, me siento muy agradecido a la vida. En Burkina Faso conocí un fraile que no tenía absolutamente nada y llevaba más de 30 años trabajando con los niños de allí. Había renunciado a su vida por entregársela a los demás. ¡Eso es extraordinario!

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