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Las dos vidas de la Iglesia de San Miguel de Las Rozas
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Las dos vidas de la Iglesia de San Miguel de Las Rozas

lunes 03 de agosto de 2020, 10:58h
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Desde su posición privilegiada, la Iglesia de San Miguel ha asistido y formado parte de la historia de Las Rozas desde el siglo XVI. Tres guerras han visto pasar sus muros pero vidas ha tenido, metafóricamente, dos, antes y después de la Guerra Civil, contienda que la dejó en estado de práctica ruina. Es uno de los pocos vestigios históricos de una ciudad que ha crecido y evolucionado mucho desde aquel pueblo de labradores que allá por 1375 ‘rozaron’ el monte donde se asentó Las Rozas para edificar las primeras viviendas.

Aunque no se conoce la fecha exacta de su construcción, la Iglesia de San Miguel Arcángel de Las Rozas ya aparece referenciada en las relaciones topográficas de Felipe II, fechadas en 1575, como “perteneciente al curato de Aravaca”. Según explica Noelia de la Cueva, historiadora del arte y estudiosa de este monumento, el edificio, que data del siglo XVI, “está relacionado íntimamente con el estilo gótico de la provincia de Madrid y con la estética del mudéjar toledano, ya que Las Rozas estaba situada geográficamente en el reino de Toledo aunque perteneciera a la villa de Madrid”. Su planta, relata, “es de tres naves, separadas por pilares graníticos de sección cuadrada que sostienen los arcos de medio punto. Con un ábside poligonal gótico que sobresale en planta y flanqueado por dos muros testeros, de influencia castellano-leonesa a través del foco mudéjar toledano. A los pies, insertada en la planta, se encuentra la torre de sección cuadrada y un coro en alto”.

En el exterior “el edificio presenta relación con el foco mudéjar toledano, con muros de mampostería cajeada y ladrillo, cabecera poligonal sostenida por unos contrafuertes de ladrillo en los ángulos que apoyan sobre un basamento de granito, y un alero formado por cuatro hiladas de ladrillos en resalte”.

Los orígenes de Las Rozas están en el siglo XIV, pero fue en el siglo XVI cuando tuvo su auge inicial la población, con la llegada de la capital a Madrid y la construcción de El Escorial, según se explica en el estudio que han elaborado la Plataforma Defensa Patrimonio de Las Rozas y la Asociación Madrid y Ciudadanía -presentado en julio de 2014 ante la Dirección General de Patrimonio de la Comunidad de Madrid- para pedir la declaración de Bien de Interés Cultural de la Iglesia. Se detalla en este estudio que el municipio era lugar de paso forzoso para la Corte y “consta que el 30 de septiembre de 1760, la comitiva que acompañaba a la Reina María Amalia de Sajonia en su último viaje antes de descansar para siempre en el panteón real de El Escorial, hizo un alto en Las Rozas depositando el cuerpo de la esposa de Carlos III durante dos horas en la Iglesia San Miguel Arcángel”.

El edificio ha sido testigo de las tres guerras que han pasado por Las Rozas. Los franceses ocuparon la localidad en 1808, destruyendo gran parte de la población y su archivo. La Iglesia de San Miguel la convirtieron los franceses en unas caballerizas.

Más tarde, en agosto de 1837 el cabecilla carlista Zaratiegui se enfrentaba a las tropas isabelinas de Méndez Vigo en la localidad, una “escaramuza” que, cuentan, la regente María Cristina siguió a través de un catalejo desde una de las ventanas del Palacio Real, pero que no dejó daños de importancia en el municipio.

Pero fue la tercera, la Guerra Civil, la que más afectó no sólo al edificio de la Iglesia de San Miguel, sino prácticamente al 90 por ciento de los edificios de Las Rozas.

La contienda

Durante la Guerra Civil Las Rozas estuvo ocupada primero por las tropas republicanas y, más tarde, desde 1937, por las tropas franquistas y fue testigo de grandes batallas relacionadas con el cerco y defensa de la capital. La más virulenta fue la denominada batalla de la Carretera de la Coruña, que dejó numerosos restos que aún se pueden visitar en la Dehesa de Navalcarbón de fortines y búnkeres. La lucha fue encarnizada y, como consecuencia, la localidad quedó prácticamente destruida.

Según explica el historiador Javier Calvo, presidente de la Asociación Cierzo, no sólo la Iglesia, muchos otros edificios fueron destruidos tanto por los impactos de la artillería y los medios aéreos como por la actividad de las tropas que estuvieron asentadas en Las Rozas, “que también fueron haciendo rapiña de cuantos objetos encontraron y de las maderas para hacer hogueras”.

La Iglesia en concreto fue destruida por los bombardeos. No sólo de un bando, “todos contribuyeron. Inicialmente el pueblo estaba en manos de unos, luego pasó a manos de los otros, y cada uno fue aportando para la destrucción del edificio”. Mientras tanto, los roceños se habían escondido en los montes cercanos, como las cuevas de Hoyo de Manzanares, a la espera de que finalizaran los combates.

La reconstrucción

Tras la Guerra Civil, el Servicio Nacional de Regiones Devastadas y Reparaciones emprendió la reconstrucción de los edificios, monumentos artísticos e infraestructuras destruidos por la contienda. En Las Rozas, este organismo tuvo que acometer la reconstrucción de todo el pueblo, tanto de la Iglesia como de las viviendas y de la Plaza Mayor donde estaban el Ayuntamiento y diversos servicios públicos. Consideraban la Iglesia “sin gran valor artístico”, explica Noelia de la Cueva, “pero no por ello dejaba de tener más o menos interés, sobre todo para la reconstrucción del sentimiento religioso”.

De la reconstrucción se encargaron los arquitectos Fernando García de Rozas y José del Río. El edificio había sufrido daños considerables, estaba catalogado como ruina, había perforaciones en la cubierta, la torre estaba prácticamente derruida, se había expoliado el interior. “Lo único que no pudieron llevarse es el retablo”, narra Noelia.

“Con poco dinero se intentó hacer, creo, la reconstrucción de la manera más honesta o humilde posible”, explica. Los trabajos duraron casi cuatro años y en ellos participaron profesionales y los propios habitantes del pueblo. Se respetó tanto el emplazamiento como el primitivo aspecto en casi todo el edificio “a excepción del presbiterio, el coro alto y la torre que fueron diseñados de nueva planta”. La cubierta del crucero, “una bóveda de crucería que sigue los modelos del siglo XVI”, se mantuvo en pie en su totalidad, por lo que únicamente se sometió a un proceso de limpieza. La fachada de poniente se rehízo en su totalidad. No se mantuvieron las construcciones adosadas al edificio, como la casa del cura.

Los vecinos del pueblo cuentan que en la reconstrucción la torre perdió algo de su altura original, cuenta el historiador Javier Calvo. También se le añadió el pináculo con la cruz, que no tenía originariamente, como se puede comprobar en las fotografías anteriores a la contienda, y perdió también el gran reloj que había en la pared de la Torre que daba a lo que hoy es la calle Real.

La obra finalizó en 1943, pero en los años 60, cuentan las crónicas, se realizaron unas reformas en el interior del edificio y se tapió la puerta del Evangelio, por el frío que, por esta vía, entraba en el interior de la iglesia. La puerta se volvió a abrir en junio del 2005. Otra cosa que se hizo durante la reconstrucción fue ajardinar todos los alrededores de la Iglesia así como las escalinatas de acceso, aunque la estética de todo este conjunto se alteró con la construcción del parking subterráneo.

“Aquí nos hemos bautizado, hemos hecho la comunión y nos hemos casado todos”, reflexiona sobre la Iglesia de San Miguel Noelia de la Cueva, quien reconoce que sin el trabajo de los historiadores locales estos edificios y sus historias caerían en el olvido. En su caso, fue la asignatura de Arte Mudéjar de la carrera de Historia del Arte la que le llevó a bucear en el Archivo Histórico de Alcalá de Henares, el Archivo Municipal de Madrid y el Archivo de la Consejería de Urbanismo para rescatar la historia del que hoy por hoy es de los pocos elementos históricos que le quedan a Las Rozas. Su trabajo la llevó, además, al Simposio Internacional de Mudejarismo que se celebró en Teruel en 2005, en cuya Memoria ha quedado recogida su investigación sobre el edificio y su reconstrucción.

El día en que dinamitaron la torre de la Iglesia

Durante la Guerra Civil el campanario de la Iglesia de San Miguel, relata el historiador Javier Calvo, se vio “muy pronto” afectado porque “era un objetivo militar de primer orden”, ya que proporcionaba un observatorio desde el que ver todo el entorno a varios kilómetros a la redonda, lo que facilitaba también la instalación de ametralladoras. Así que “el objetivo era destruirlo”.

Es la parte de la iglesia que más daños sufrió durante la contienda, explica el historiador, hasta tal punto que los arquitectos encargados de la reconstrucción del edificio decidieron que era más conveniente terminar de derribarla, ya que había quedado en pie solo parte de una de las paredes y la restauración era inviable en ese estado.

La demolición de lo que quedaba de la torre fue “todo un acontecimiento”, cuenta Javier Calvo, según los testimonios que él mismo ha recogido de vecinos que estuvieron presentes. Despejaron la zona, cargaron los restos de dinamita y la echaron abajo en una demolición controlada. A los críos “les dijeron que iba a ser tan fuerte la explosión que podía hacerles daño en los oídos y que mordieran un pañuelo o un palo”. Así que los chavales del pueblo se fueron a unas lomas, lo que hoy es la zona de La Suiza, y desde allí asistieron al espectáculo. Cuentan “que aquello dio un petardazo increíble, se levantó una nube de polvo enorme y cuando se disolvió, ya no estaba la torre” y algunos recordaban, muchos años después, que “se decepcionaron un poco porque no fue para tanto”.

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