Torrelodones

Cuatro mujeres excepcionales

Miércoles 23 de abril de 2014
En cualquier lugar que nos fijemos, hay tantas historias como habitantes lo pueblan, cada vida es diferente y única. Que sean peculiares o curiosas es cuestión de estadística porque en un municipio como el nuestro de 23.000 vecinos y vecinas, serán seguro muy numerosas. El que hayamos reunido cuatro historias tan solo en este reportaje constituye un acto ecológico, porque es una recolección en un pequeño ramillete de mujeres que hemos ido encontrando.

El que hayamos reunido cuatro historias tan solo en este reportaje constituye un acto ecológico, porque es una recolección en un pequeño ramillete de mujeres que hemos ido encontrando.

Es cierto que hay muchas personas que permanecen en el anonimato por no tener un rasgo de notoriedad en la vida de su comunidad o porque simplemente queda como opción personal el preservar o compartir más allá del grupo social más cercano. En todo caso, es un acto de generosidad el que estas cuatro mujeres nos hayan invitado a conocer su recorrido vital a través de su biografía y por ende, tendremos todos los lectores una bonita forma de ampliar las percepciones de nuestra existencia. Trini y Julia, las más mayores, ya han sido reconocidas por su trayectoria personal, son por ello parte de la vida pública de Torrelodones. Isabel y Susana, son ahora parte de las páginas leídas de la historia de este pueblo. Y de nuestra parte queda como función del periodismo, hacer público y conocido lo que tiene un interés social porque estas historias tienen excepcionalidad.

Si la excepción confirma la regla, ellas se las saltaron todas. Podríamos decir que las vidas de estas mujeres son excepcionales porque se salieron de la norma y crearon las suyas propias.

Junto a ellas vivimos una transición de generaciones de mujeres, Trini tiene a sus espaldas casi los cien años pero imaginarla saltar de los árboles y correr como un chiquillo a principio del siglo pasado, da tanta libertad como escuchar como recita de memoria sus pensamientos sin que la mirada del otro la ponga trabas. Así Julia no se resignó a quedarse entre cuatro paredes a merced de las novedades de un marido sino que llenó su casa de gente y de mercaderías desafiando a las leyes naturales de la desautorización, corrían los años en los que las mujeres no podían ni firmar ni tener cuenta corriente propia. O Isabel que el mundo se le queda pequeño para su gran generosidad pero que lo llena de conciencia sobre derechos y sin tutelajes, deseó la democracia, apostó por la cultura y luchó por la libertad de las mujeres. Y Susana, muy capaz, férrea y sabia, eligió su propio camino, el suyo el primero porque no va en detrimento de los demás, es la generación de las mujeres que estudiaron, las que son profesionales, con la mitad en años del camino recorrido por Trini. El denominador común de todas es que han vivido su autonomía y libertad impulsadas por sus inquietudes, capacidades y valentía. Cabe preguntarse cómo vendrán las jóvenes ahora a ocupar su lugar, qué quedará de aprendido de lo que recorrieron las mayores, qué pasos se pueden dar hacia atrás para caminar con más acierto. Mientras tanto, seguiremos buscando la excepción de cada historia que llevamos dentro.

Trinidad Muñoz: su poesía tiene calle



Con 98 años de edad, no se puede pedir mucho al cuerpo ni a la mente, pero “Trini” tiene como motor de vida una simpatía con la que se gana a todo el mundo. Es una chiquilla de naturaleza inquieta que va regalando versos a cada instante, haciendo gala de su extraordinaria memoria, recitando rimas que ella misma escribe. Es nuestra poetisa local y tiene su propia calle.

Era la única niña de los 4 hijos de una familia que trabajaba en grandes fincas para familias adineradas. Recuerda con especial emoción a su padre-vaquero de toros bravos en Ávila-que la enseñó a leer y a escribir y en sus ausencias enviaba postales con poesías, “a mi madre la enseñó a firmar”. Y creció silvestre, con sus hermanos era uno más, “no le temía a nada y era muy feliz”. Solo fue a la escuela durante 4 años y se lo aprendía todo de memoria, “la gente dice que soy muy culta, pero solo he leído mucho”. Tuvieron que trasladarse toda la familia a Madrid buscando trabajo a los campos de Entrevías y el Pozo y allí permanecieron durante largos años. A los catorce años se le presenta la ocasión de irse a servir con la familia de un arquitecto en Madrid “cuidaba de sus hijas que tenían casi mi edad”. Estaba tan agradecida que no anhelaba otra cosa, “íbamos al teatro, museos, viajaba”. En su cabeza no existía el matrimonio, “esto me lo arrebataría todo” y rechazaba a cualquier pretendiente.

Estalló la Guerra Civil, “había gente que se moría de los sustos” y con 22 años se reúne con su familia en Galapagar, “primero era zona roja, luego, vivimos la batalla de Brunete, la casa fue saqueada y lo perdimos todo”.

También perdió a su padre en un accidente y desde entonces, aunque quiso volver a Madrid, tuvo que quedarse a cuidar de su madre durante 33 años y trabajó en las casas de alrededor. Entonces empezó a escribir. Más tarde, consintió en casarse a los 41 años pero esta nueva convivencia no hizo sino ratificar que ella anhelaba su espíritu libre “con la poesía me entusiasmo, soy espontánea”. A los 66 años comenzó a recitar. Trinidad enviudó a los 72 y no ha dejado de trabajar hasta los 80 años en casas ajenas. No tuvo hijos, algo que le dio igual, “ahora que veo el abandono de muchos mayores por sus hijos, me da mucha tristeza”. Tiene claro cuáles son las tres peores cosas que vive ahora: “la soledad, la dependencia de alguien para hacer las cosas y la convivencia, ahora que está en una residencia, porque no es fácil”.

Sin embargo, la sonrisa le rebrota con facilidad, contando como la llevan a tantos sitios para recitar, y expresa lo afortunada que es con el cariño de este pueblo. Le hubiera gustado ser maestra, pero lo que ella no sabe es que yanos está dando lecciones de mujer apasionada “nunca me he cortado, siempre tengo motivos de compartir alegrías”.

Julia Ybarra “empresaria autónoma en los años 60”



Julia jugaba a ser tendera en el barrio de Carabanchel cuando a los 15 años conoció al que iba a ser su marido seis años después. Para una mujer casada, un pueblo como Torrelodones en el año 58, no ofrecía más destino que atender su casa. Su marido trabajaba en la construcción y los domingos iba al bar a jugar la partida. El pueblo se concentraba alrededor de la actual plaza, pero entonces no era tal, estaba atravesada por la carretera; a la fuente del Caño de hoy bajaba un arroyo donde las mujeres iban a lavar, y alrededor, solo prados y eras. Más alejado, los Peñascales, donde estaban las grandes fincas de los señores más ricos.

Supieron que no iban a tener hijos y Julia que tenía carácter, muy decidida, dividió su pequeña casa para hacer una tienda de mercería, su marido no quería, pero lo dejó hacer, “le pedí a mis padres 6.000 pesetas para comprar género” solo al principio la tienda estaba a nombre de su marido, “le metí miedo con devolver las letras, y como no quería que se las reclamaran a él, así me pude hacer empresaria autónoma”.

En el 60 compraron el terreno para una nueva casa donde la nueva mercería permaneció abierta hasta el 2001, justo en la plaza esquina con Hermanos Velasco. De nuevo, otro préstamo de su familia para este buen negocio, “era un pequeño Corte Inglés”, tenía de todo y si no lo había, lo traía de encargo, “iba al menos dos veces a la semana a Madrid y acarreaba bolsas y cajas tomando el metro y el autobús hasta llegar a Torrelodones”. En el pueblo apenas había tiendas, algunas de comestibles y ni siquiera farmacia, “era feliz atendiendo al público ”.

Su mayor alegría llegó cuando adoptaron a Pilar. Había pasado18 años desde que hicieron los trámites sin respuesta y sin embargo, fue en un convento en Madrid donde en un solo día le hicieron entrega de una niña recién nacida, renunciada por deshonra, algo tristemente habitual en esos tiempos.

Fue la expectación del pueblo y muy deseada por sus padres adoptivos “atendía con ella en brazos y cuando ya andaba, la ataba con una cuerda a un árbol a la puerta de la tienda por miedo a la carretera”.

Julia recuerda un pueblo amable, tranquilo, “no sucedía nada malo”, ella recuerda anécdotas como cuando “despedía a la gente si solo curioseaban y no compraban” o cuando “no quería que comprara una señora un vestido que le sentaba mal, ya que daba mala fama a mi tienda”. Otra de sus facetas era su gran generosidad con los chavales del pueblo cuando le pedían que patrocinara el equipo de fútbol para competir en las fiestas, “les compraba a todos el uniforme para jugar”, llegó a gastarse hasta 80.000 pesetas y cada vez que ganaban le traían las copas. Aún conserva en su casa una veintena de ellas. Julia es una gran emprendedora de nuestro pueblo.

Isabel Sancho: La utopía es el camino



La llaman Mafalda, contestataria y revolucionaria que siempre quiere cambiar el mundo. Los libros han sido su universo. Hoy con 67 años, sigue inventando formas para dar oportunidades a mujeres migrantes, su casa ha sido uno de los escenarios para reunirlas. Hay antecedentes, su vida ha sido una constante superación, pero también hay mucho humor, algo que ella hecha terriblemente en falta en este mundo.

Nació en Burgos pero pronto se fue a vivir a Barcelona, su infancia transcurrió sufriendo la mala relación de sus padres “siempre rezaba para que todo se arreglara”. De pequeña quería ser monja “desde siempre he querido ayudar a los demás, recuerdo a Pedro, un hombre ciego al que le regalábamos la mitad de nuestros bocadillos”. Fue más adelante cuando tuvo la sospecha “que no era verdad todo lo que le contaban y vivía en una crisis existencial”. Lo más traumático, que no la permitieran estudiar, pero se prometió a sí misma que trabajaría con libros. Cuando murió su padre, se marchó a Madrid, tenía 16 años, “tomé un tren nocturno para llegar a trabajar ese mismo día” y así fue, comenzó cuidando niños pero en 15 días, tras visitar 34 editoriales, se quedó en una durante 12 años, “al principio ganaba para pagarme una habitación y una comida al día, y agarré una anemia”.

Pronto se involucró con los derechos de las mujeres y a la llegada de la democracia, siempre se ha sentido muy segura, responsable y libre “me hice mis propios valores”. Reconoce que no puede con las relaciones tradicionales “siempre te quieren en casa”.

En los años 80 dirigió una editorial en México, era la única mujer en su grupo. Se casó con un mexicano y tuvo su hijo a los 40 años “me equivoqué pero me enamoré profundamente”. Regresó a España por una gran devaluación económica y crió sola a su hijo “dejé de ser Isabel durante 18 años”. Abrió su propia librería y generó una plataforma para ayudar a mucha gente. Hace dos años se jubiló y dejó la librería a su hijo y entonces, realizó su sueño de estudiar en la universidad para mayores.

Pero aquí no termina la historia, más bien se inician nuevos retos que traspasan las fronteras. Adaptó su casa en Peñascales como un espacio para ayudar a personas que estuvieran en apuros y otro para organizar clases para mujeres migrantes. Una noche organizó una “cena de colores” y allí conoció a Sofie, una joven senegalesa que vino en patera con su marido y luego la dejó por una más joven, “lo más importante es ser económicamente independientes”. Se embarcó junto a Sofie y su familia de origen en planificar desde aquí un taller de costura en Senegal, compró las máquinas y se comprometió a apoyarlas económicamente durante un año. En dos meses estaba todo preparado y Sofie partió a su país. Pero este es un solo ejemplo de lo rico que es su camino cuando desaparecen tantas barreras.

Susana Martín: Cómo me hice Monja Shinghon



Soy Susana Martín y hace dos años cumplí un sacerdocio de 100 días de rituales muy duros recibiendo los conocimientos de generaciones de sacerdotes. Pero todo comienza mucho más atrás, cuando la vida te pone algo muy significativo. Y, si me pregunto, ¿podemos elegir?, me digo, sí, pero hemos elegido antes.

Yo ejercí cinco años como veterinaria, pero había algo que no me llenaba. Fue entonces cuando opté por el cuidado sucesivo de mis cuatro hijos durante los siguientes catorce años, aunque no estaba preparada para ello. Pero ser ama de casa es una “muerte” a ti misma si tú te abandonas. Por eso, fue la etapa más dura donde le dediqué muchas horas en silencio a disciplinar mi mente y reconocerme. También comenzaba el conflicto con quien no te entiende, cada uno creció en donde habia elegido. En 1999 llegué a Torrelodones y me interesé por la medicina oriental, tenía el conocimiento científico de mi profesión pero me llamaba la sanación. Entrenaba a diario tai chi y las artes marciales cuando un amigo hace cinco años me regaló un viaje a Japón. Me fui con mi mochila y aunque no sabía qué hacer, me dirigí a recorrer a pie hasta 21 templos budistas en lo alto de las montañas. Era algo muy profundo lo que me movía y llegué al que iba ser mi templo y mi maestro. Y así comencé a viajar allí dos veces al año y también aprendiendo japonés. Descubrí el budismo shinghon que proviene de China aunque muy conectada con el sintoísmo japonés, que es una religión antigua pero aún muy arraigada. La deidad está expresada en la naturaleza, es chamánico porque utiliza los seis elementos, incluye el éter (lo sutil), es tántrico, todo bello, nada es malo, todo depende de tu actitud, y esotérico porque te puedes iluminar en esta vida. Esto no me ha chocado, va conmigo, y todos lo tenemos, pero en esta sociedad se empaña todo. La vida te cambia de color si descubres lo que somos y para lo que hemos venido, no puedes vivir sin ton ni son, tienes que tener siempre un proyecto. Todo esto me conmueve y me emociona.

Yo no me considero budista, es una herramienta para tener un conocimiento profundo de mí y para ayudar a los demás. Cuando mis hijos sean independientes quiero marcharme a Japón y formar con un grupo shingon un centro de terapias. No me siento extraña ni en Torrelodones ni en Japón, me siento un puente, una mediadora, soy parte de los dos lados. Allí llevo lo mejor de Occidente: lo nuevo, la frescura, la mente abierta, la espontaneidad y de allí traigo: los ritos que nos hacen mucha falta, la energía y la meditación para centrarnos.

Nadie te tiene que llenar huecos, solo complementar. Todo empieza en ti y acaba en ti, si no te llenas de ti misma solo proyectas necesidades y heridas, por lo tanto el gran regalo es ser quien eres.


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