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Eulalia Herranz, la curandera
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Eulalia Herranz, la curandera

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El recuerdo de Eulalia está en la memoria colectiva de los vecinos más mayores de Torrelodones y de muchas personas que vinieron aquí desde lugares lejanos para visitarla. Fue un fenómeno tal que en 1983 el ABC titulaba: ‘Torrelodones, donde el rayo y doña Eulalia hicieron época’. Un periodista reconocido, César González Ruano, relataba en su columna del mismo periódico en 1960 cómo, siendo deshauciado por las autoridades médicas de su ciática pasó a ser curado por Eulalia. Así retrata el escéptico encuentro estando de veraneo: “tuve ante mis ojos una estampa napolitana de película neorealista de De Sica (…) era una mujerota gorda y grande cargada de ricitos de bebé-elefante y rodeada de estampas y estatuillas religiosas que iluminaban lamparitas múltiples”. Eulalia le diagnosticó al verle y advirtió que no necesitaría volver en coche. Relata el periodista que aplicando sus manos, que irradiaban un intenso calor, hizo desaparecer su dolencia.

Hechos asombrosos

En la calle Manuel Pardo de la Colonia de Torrelodones se concentraban desde la madrugada largas colas de personas que venían de otras provincias para curarse con Eulalia. Llegaban a quedarse días, algo inusual y beneficioso en un Torrelodones de pocos vecinos desde los años 40. El ex alcalde Serapio Calvo tenía una relación cercana “era un encanto de mujer, hacía mucho bien y se la tenía mucho respeto”. Él mismo comprobó sus ‘dones’ cuando tras un accidente de moto su pierna solo tenía solución quirúrgica. Sus manos la curaron en un mes.

En la tesis doctoral de Mª Soledad Fragua ‘Antropología Médica de la Villa de Coca-Segovia’ se recogen testimonios de ancianos que visitaron a la curandera durante la Guerra Civil y la post guerra. “Depresión curada con hierbas, dolores de estómago con paños de vinagre... incluso con los mechones de pelo de enfermos que no podían acudir. Solo cobraba la voluntad o en especie relatando algún segoviano que llevó un pollo vivo en el tren hasta Torrelodones”. La poetisa popular, Trini Muñoz, que suma 104 años, la recuerda como “una buena mujer”. Había gente incrédula con sus artes aunque Trini dice que ella “ni si ni no”.

Mariluz Rivas, vecina de 70 años, la recuerda aún con escalofríos porque siendo niña acompañó a su abuela, que se había criado con Eulalia y seguía sus consejos. “No tenía ni pelo ni cejas y me señaló diciendo que era una incrédula”. También Lorenzo Alberquilla la recuerda porque su madre le llevó a verla. Asegura que, entonces, cuando el médico visitaba aún a domicilio, “nadie se metía con esa práctica”.

Un día apareció el cartel de ‘Cerrado por defunción’ en Villa Eulalia. La casa, recuerdan los del Minifútbol, la compró en 1978 Serapio Calvopara construir unas viviendas para sus empleados. Al costado de esta finca hay hoy un callejón de tierra con su nombre. Pero ni siquiera tiene la placa con el nombre de Eulalia y las huellas de su recuerdo se van perdiendo.

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